Desde mi oscuro rincón atisbo los escollos de una sociedad decadente fundada bajo sus propias premisas de racionalidad incumplida. El mal de esa sociedad no sólo se encuentra en las acciones del que hace daño, se refleja en todos y cada uno de los actos que realizan sus dirigentes, cobardes y temerosos de perder su poder, rascándose la espalda entre ricos que se ofenden con tan sólo insinuarles su condición de bandidos.

He formado parte tanto como he renegado de un mundo en el que es más importante una imagen que la ética o la moral, un mundo de pocos beneficiados y muchos inadaptados. Donde la explotación de los débiles incrementa las riquezas de quienes les castigan, débiles que forman una base tan fuerte como desconocedora de su poder.

Nunca negaré la incorrección de muchos de mis actos y soportaré cualquier condena aplicable a ellos. Sin embargo, el paso del tiempo nos castiga a todos por igual y los encierros a los que me he visto sometido por defender las pocas cosas en las que he creído y proteger a la poca gente que ha fingido quererme, no hacen más que mellar mis castigadas espaldas.

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