Nunca me he considerado un cobarde, el miedo o el temor son cosas que no van conmigo, mis hombros no saben agacharse al son de una amenaza. Eso es algo que me hace reflexionar sobre el riesgo ajeno, ese pequeño paso de más que alguien puede dar o no ante una situación convirtiéndola en peligrosa. Si eso te produce una sensación que desconoces, que te encoge el estomago, en definitiva… que no te gusta. ¿Cómo se asimila? ¿es miedo? ¿es respeto? ¿es el mismo temor de preocupación que puedes ver en la cara de esos dulces ojos que se encuentran a tu lado?

Ella me confirmó su evidente miedo tirando de mi brazo con más fuerza de la que nadie concedería a algo tan encantador y pequeño, obligándome a  irme sin decir adiós tras las lágrimas que escapaban de sus ojos. Supongo que eran lágrimas de pena por algo que yo considero perfecto pero a lo que ella no ve un final, no fui capaz de preguntárselo.

Yo por mi parte debo reconocer que me sorprendió una actitud que no sé si considerar valiente o temeraria ¿tan grande será el golpe como para no sentir el dolor de la caída? o ¿acaso acumulas un exceso de despreocupación?. Me limitaré a aplaudir y mantenerme expectante a la suficiente distancia como para intervenir si resulta necesario.

Y no es que mi vida este llena de anécdotas arriesgadas, peligros descabellados o un escalón disfrazado de abismo, simplemente es complicado, tanto como queramos hacerlo.

Siempre he pensado que depende de cada uno lo difíciles o distantes que se puedan encontrar nuestras metas. Todos sabemos que un pequeño paso es capaz de hacernos avanzar, sin embargo el hecho de darlo es posiblemente lo que nos produzca ese miedo, posiblemente a equivocarnos o a fallar, que impide que algunos se arriesguen y otros lo hagan en exceso.

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