“Si corres y ganas eres un campeón pero si te sales y te matas sólo eres un loco con un volante”

Esta noche esa frase que me dijeron hace ya unos tres años no ha parado de rondar mi cabeza. Tan sólo unos milímetros pueden separar la gloria de que todo acabe. Es fácil volver a sentir la velocidad simplemente observando esos ojos hoy decepcionados y faltos de brillo, dispuestos a no dejar de acelerar con total indiferencia y desprecio por su propia vida.

Un muro que se aproxima, un par de futuros roces que verifican su extrema cercanía y un chirrido aterrador de cara a todos menos a quien se juega la vida en ello hacen que una simple curva pueda convertirse en un giro hacia el infierno.

– He temido por ti, no suelo hacerlo pero hoy sí.

– Deberías relajarte, tranquilo.

– ¿Tranquilo? ¿Acaso lo controlas? No me engañes, sé que no.

– No te engañaré, hoy no pero tampoco me preocupa… dejémoslo ahí.

– ¿Entonces?

– ¿Crees que acaso me importa? Si no tengo nada no puedo perderlo.

– A tus ojos les falta brillo y les sobra decepción ¿Me equivoco?

– No digas tonterías, nunca han brillado.

– ¿Las has visto…?

– Sí, feliz e hiriente, está bien así.

– ¿Seguro?

– Me marcho, ya nos veremos.

– Eso espero.

– Tampoco te lo puedo prometer, adiós.

– …

Conozco pocas cosas más peligrosas que un luchador carente de nada que perder, carente de fe… carente de alma. La falta de miedo le hace incontrolable.

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