La única vez que te vi viva aún me sonreías con la mirada y no hubo beso de ascensor aunque sí abrazo de despedida. No puedo evitarlo, mi mundo se confunde y me pregunta por ti; al explicarles mis motivos me miran, decepcionados, y me ofrecen argumentos de sus convicciones, todos equivocados y diferentes entre sí. Tal vez el equivocado sea yo y en realidad hubiera miles de razones y todas fueran mejores. Lo único que sé es que es mentira que sea capaz de hacer que me produzcas indiferencia, aunque al menos ya no te extraño tanto (o sí).

Si miro entre las sombras de esa cocina vacía tengo que fijarme varias veces para no imaginarte inquieta entre sus rincones, esta receta tiene demasiados ingredientes que nunca me han gustado. Observarte de reojo sin que te des cuenta para comprobar que todo está donde lo dejé la última vez, y que la historia del libro que llegamos a compartir una vez ya no sepa si debe suponer motivo de alegría o de qué. Habré descuidado mi disfraz pero conservo mi capa y la sonrisa de falsa superioridad, intactas pese a mojarse bajo la tormenta. Ya no se venden entradas de una función acabada. No queda una sola mirada fija sobre el chico de ojos tristes. Los músicos necesitan partituras para seguir tocando. Nadie viene a la actuación. Los aplausos están enlatados. Al payaso se le ha corrido el maquillaje. El espectáculo debe continuar.

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