Aún cuando desconoces hasta donde podrán llegar tus letras, es difícil escribir frente a la puerta de un pasaje sabiendo que no lo volverás a recorrer en sentido contrario y que si lo haces no será para recuperar lo que dejas atrás.

No olvidaré todo lo que me has dado, has sido un insuperable hermano durante tanto tiempo, ese ángel de la guarda que se auto-consideraba caído, la mejor parte de mi mismo… nunca pensé que llegaría el día en que sabría que no te volveré a ver. Siempre tan incansable y ahora tan destrozado, sólo me consuela la certeza de que no dejarás de luchar, no puedes, no sabes. Tu naturaleza te obliga a levantar la cabeza y continuar. El eterno dolor de tu inmerecida soledad y la falta de apoyo te hace digno de mi alabanza y admiración. He podido ver a través de tus ojos y escuchar a través de tus oídos, ahora entiendo esa coraza destrozada con la que te intentas volver a cubrir cuando lo único que la ha podido derribar te niega la oportunidad que mereces.

No voy a repetir lo que tantas veces he dicho ni me extenderé mucho más en una despedida que me veo obligado a hacer. Asumo con la impotencia que produce saber que siempre te deberé algo, por mucho que insistas en negarlo, que estoy condenado a ello… te debo la vida que me devolviste.

Agradezco tus regalos como bien sabes y me has escuchado susurrar mientras te mostraba mi espalda al marchar, no existe una sola persona con la que hubiera querido compartir esa última copa ni a la que hubiera suplicado ese último golpe.

Espalda

Adiós.

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