Confieso que… he aprendido…

… a bailar como si nadie me mirara.

… a levantarme y ganar tras morder la lona siendo el boxeador novato.

… a no justificar las marcas de mi espalda si preguntan por ellas.

… a crear sencillos juegos que no sabes resolver.

… a pelear solo contra el extirpado “cáncer” que me consumía.

… a resucitar contra mi voluntad.

… a no volver a bajar el escudo para que nadie tire a dar.

… a dejar de creer en lo que decían quienes desaparecen.

… a cambiar un guiño por una sonrisa descarada.

… a esquivar (de vez en cuando) sus besos.

… a usar casco al subir en moto.

… a recorrer la cuesta que nos separa.

… a empezar la partida y ganar hasta perder.

… a evitar que vuelvas a “jugar” en mi contra.

… a escribir sólo si me apetece… pese a mi tamaño.

… a despertar entre dos sonrisas que no me pertenecen.

… a no esperar oír esas tres letras que siempre te faltaron.

… a no verte, no leerte, no escucharte… no sentirte. Mientras te imagino sonriendo.

… a descuadrar mis redondeadas letras y largas parrafadas al menos una vez por año.

… a maltratar mis huesos ocupándome de todo lo que nadie quiere hacer.

… a ver que en tu mundo sobro por mucho que te necesite en el mío.

… a perderte aunque dijeras que no pasaría.

… a no desistir nunca.

… a que me duelas.

… a desaprender.

Y yo por mi parte. Confieso que… he aprendido…

… a robar las letras que tan férreamente escondes para mostrar el alma de la que reniegas a quien no lo merece.